Corres y corres.
Y no paras de correr.
No lo alcanzas.
Estiras los brazos.
No llegas.
Das un salto hacia delante.
No llegas.
Lo intentas de nuevo, con más ímpetu.
No puedes evitar caerte.
Sigues viendo como no llegas.
Te levantas a toda prisa.
Cada vez está más lejos.
Aceleras el paso.
Te duelen las piernas, pero te niegas a parar.
Cada vez más rápido, cada vez duelen más.
El corazón te palpita a mil.
No llegas.
¿Por qué sigo corriendo?, te preguntas; ¿realmente deseo que no se vaya?
Aun así, continuas tu camino.
No te detienes.
¿Tan valioso es lo que se lleva consigo?.
Cada vez vas yendo más despacio.
¿No debería dejarlo marchar con todo?
Cada vez más lento.
¿No es mejor empezar de nuevo?
Las lágrimas recorren tu cara.
Te las enjugas.
Ya es tarde, era inevitable.
Paras.
Vislumbras desde lo lejos como se aleja con todos aquellos a los que quieres.
A los que amas.

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