miércoles, 9 de octubre de 2013

Con decisión, sin vacilación, agarré mi espada con ambas manos. En ella se veía como caían lágrimas compungidas y a la vez de rabia viva. La expresión de mi rostro era desafiante, la más enfadada y dolida que podría experimentar en la vida. No me veía la cara, pero lo sabía porque mi corazón lo sentía, sentía que estaba destrozado, fragmentado en trozos que se estaban clavando dentro de mí, haciéndome sangrar y provocándome una ira desmesurada por una tristeza con nombre.

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