miércoles, 2 de octubre de 2013

¿Nunca has sentido como todo se deshace y caes con ello a un lugar sin retorno?

Cuando peor estoy, es como si las voces que me rodean se apagaran, cual vela con el aire. Entonces, un agujero mane bajo mis pies en el suelo que me absorbe, que tira de mi hacia un sitio oscuro, tenebroso, lleno de penumbra y desesperación que soy capaz de sentir incluso antes de dejarme llevar. Mis fuerzas no me acompañan. Mis compañeros corren hacia mí, pero parece como si no pudieran llegar, como si todo fuera en su contra. Es en ese momento, cuando ya estoy sumergida en ese hoyo opaco, que veo como mis compañeros intentan alcanzarme estirando sus brazos, extendiendo sus manos hacia mi cuerpo prácticamente inerte. No puedo cogerlas, no llego, pero tampoco pongo demasiado esfuerzo en ello, estoy totalmente derrotada. Sigo cayendo, y cayendo, y cayendo, mientras el único hueco por donde ilumina la luz se va haciendo cada vez más y más pequeño, más y más invisible.
Y así me desvanezco, dejando que el tiempo me guíe, vislumbrando aquellos recuerdos de mi memoria que incluso había llegado a olvidar. No me dignaba ni en pensar cuanto tiempo, si minutos, horas o años; estaría así, volando en aquel túnel abandonado. Ya nada importaba, solo quería cerrar los ojos y soñar con aquello que anhelaba y que nunca había sido capaz de conseguir.
Al sentirme más tranquila, justo cuando las lágrimas dejaron de emanar de mis ojos, mi corazón palpitó. Palpitó como si fuera un martillo que golpea un clavo. Me giré como mejor pude sobre mí misma. Había alguien allí abajo, con los brazos abiertos para recogerme de la caída. Alguien que me esperaba. No sabía quien era, pero no me importó en absoluto. Como dije, ya nada importaba. Así, alcé mis brazos hacia él y esperé hasta llegar a la cariñosa aura que trasmitía su ser.

Al final había encontrado mi camino. Al final había arribado donde mi alma amaba estar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario