sábado, 28 de septiembre de 2013

Su actitud absorbió mi ser por completo.
Su semblante, bañado en una pura sonrisa inocente y en unos ojos llenos de devoción y curiosidad, iluminaba cada parte de mi alma, algo oscurecida por aquel entonces. Danzaba entre nosotros dando pequeños saltos, como si fuera un diminuto duende, mientras asomaba la cabeza entre los huecos que dejaba el círculo que habíamos formado. Su pelo parecía intentar competir con el blanco neutral de mi piel, brillando incluso cuando el sol no lo señalaba. Era extraño verla tan feliz y radiante cuando momentos antes estaba asustada y arrinconada tras mi espalda.

Ella era todo lo contrario a lo que era yo al principio: su miedo se esfumó al momento, como algo efímero, que arrastra el viento que sopla; el mio en cambio me abrazó durante meses como un manto sombrío.

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