sábado, 28 de septiembre de 2013

Echada sobre la hierba fresca, que acariciaba mis mejillas, observaba el cielo, jugando con las nubes a convertirlas en lo que jamás llegarían a ser. La sombra del Árbol Milenario me refugiaba como siempre lo había hecho para que los rayos de sol no me deslumbraran. Los pájaros cantaban una melodía que no se podía descifrar, pero que, aun así, llegaba hasta el corazón, haciéndolo llorar. La suave brisa mecía las hojas que caían del árbol, posándolas delicadamente sobre el suelo donde nació su madre. Aquella tarde no era distinta de todas las demás. Todo seguía sumergido en una maravillosa tranquilidad que calmaba mi alma, herida, llena de cicatrices.
Pero, como bien era consciente, la tranquilidad no duraría mucho a mi lado. Parecía que no le gustaba mi compañía, o que, simplemente, le incomodaba estar tanto tiempo soportando a alguien a quien siempre le solía perseguir la tormenta.

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