Echada sobre la hierba fresca, que acariciaba mis
mejillas, observaba el cielo, jugando con las nubes a convertirlas en lo
que jamás llegarían a ser. La sombra del Árbol Milenario me refugiaba
como siempre lo había hecho para que los rayos de sol no me
deslumbraran. Los pájaros cantaban una melodía que no se podía
descifrar, pero que, aun así, llegaba hasta el corazón, haciéndolo
llorar. La suave brisa mecía las hojas que caían del árbol, posándolas
delicadamente sobre el suelo donde nació su madre. Aquella tarde no era
distinta de todas las demás. Todo seguía sumergido en una maravillosa
tranquilidad que calmaba mi alma, herida, llena de cicatrices.
Pero, como bien era consciente, la tranquilidad no duraría mucho a mi lado. Parecía que no le gustaba mi compañía, o que, simplemente, le incomodaba estar tanto tiempo soportando a alguien a quien siempre le solía perseguir la tormenta.
Pero, como bien era consciente, la tranquilidad no duraría mucho a mi lado. Parecía que no le gustaba mi compañía, o que, simplemente, le incomodaba estar tanto tiempo soportando a alguien a quien siempre le solía perseguir la tormenta.
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