domingo, 12 de julio de 2015

Recuerdo con cariño la noche. La infancia que pasaba bajo la luz de una farola, tirado en un cuadrado de azulejos rojizos. Desde allí, tumbado sobre el frío, observaba las estrellas que la ciudad me dejaba contemplar. Eran pocas, pero hermosas. Al cabo de los años necesité gafas para poder verlas, las compré, de hecho, pensando en ese propósito. Aun así no salía, no pisaba los lugares de antaño, no tenía terrenos alejados. Me volví ajeno a ellas. No soy trasnochador, nunca lo he sido, aunque siempre me gustaba hacerles una visita. Quiero suponer que me echan de menos. Quiero suponer que, desde allí arriba, me amparan. Mientras duermo, sueño con ellas, con su brillante sonrisa, con su mirada iluminada. Solo espero que ellas también sueñen conmigo, con mi risa triste y mis ojos anochecidos.

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