viernes, 27 de marzo de 2015

La partida.

Las piezas comienza a partir.
El pequeño peón transita entre las casillas comprobando cuál será el mejor lugar donde poder permanecer en los pequeños descansos de su largo camino. ¿Negro o blanco?, ¿noche o día?, ¿mal o bien?

Danza entre sus compañeros peones, no se atreve a mirar a los superiores de aquella tripulación. Estos, cercanos, saludan enmascarados con sonrisas pícaras y miradas de compasión, todo repleto de galantería y educación. Él no es capaz de ver más allá.

Continúa y las piezas contrarias le cierran el paso. Todos los tamaños las componen: grandes y pequeñas, con forma de caballo o de una alta torre; incluso algunos le recordaban a sus camaradas.

Atajo tras atajo consigue deshacerse de los obstáculos hasta que llega a la meta. ¿Qué habrá sido de aquellos que no le alcanzaron?, ¿los enemigos les engullirían?, ¿se arriesgarían demasiado?, ¿puede que lo intentaran demasiado poco?, ¿o se olvidarían de su cometido en aquella partida, sin querer avanzar?

No importa. 
El final de la partida es terminar encerrados en la oscuridad y perdiendo todo lo obtenido, agolpados todos en una celda de plástico en la que, por mucho que se grite, nadie acudirá. The end para todos, cumplieran su misión, sueño, o no; los jugadores ya no quieren continuar, quién sabe si los volverán a ver.


Esto es un juego.

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